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Jueves, 26 Febrero 2015 11:02

La proyección de uno mismo

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Nos encanta mirarnos al espejo. No lo niegue, a usted también. Estoy seguro de que aprovecha cada ocasión, como si estuviera en la plenitud de su adolescencia, para mirarse de soslayo, de frente o a hurtadillas frente a cualquier espejo que se ponga a tiro y comprobar que todo sigue en su sitio, tal y como lo dejó anteriormente. Es más, necesitamos el espejo para asegurarnos de que ninguna mancha haya aparecido inoportuna en nuestra camisa y pueda causar daño a nuestra imagen.

Salvo en casos excepcionales en que suframos de un narcisismo patológico, vivir pendiente del espejo no es necesariamente dañino. Comprueba, confirma y alerta, lo que no es poca cosa.

Y no me estoy refiriendo, únicamente, a la imagen que refleja. 

Es curioso comprobar lo bien que valoramos que una película nos sorprenda, rompa nuestros esquemas y venza nuestras expectativas previas y lo molesto que solemos encontrar que suceda lo mismo en el terreno de nuestras ideas y creencias. No hay más que ver lo frustrante que resulta para muchos el encontrar a gentes que opinan de modo diferente y el esfuerzo que les lleva hacerles modificar sus posturas.

En cierta manera, cuando entablamos una conversación, iniciamos una relación, mostramos simpatía por una causa o nos informamos, esperamos que nuestras opiniones se reflejen en el otro lado, se confirmen y nos tranquilicen al comprobar que desarrollamos nuestra existencia en el plácido mundo de la coherencia. Es por ello, que, para la mayoría de nosotros, compartimos nuestro tiempo con quienes tenemos mayor afinidad, leemos lo que nos gusta leer o votamos por quienes dicen compartir nuestra visión del mundo.

O eso creemos. 

Lo que realmente ocurre es que situamos en otros las características o sentimientos que poseemos nosotros mismos. Proyectamos nuestras ideas en espejos, llámense personas, diarios o partidos políticos, que nos devuelven la imagen que queremos obtener no sin antes reducir o eliminar aquellos detalles que no queremos ver o leer.

Cuando negociamos también nos enfrentamos a esta ilusión ya que corremos el riesgo de asumir que la otra parte dispone de la misma información que nosotros mismos, percibe la situación de igual modo y maneja un criterio de justicia similar al nuestro. Es decir, que buscamos en el oponente el espejo que nos refleje. Por lo tanto, su decisión debería ser predecible y coincidente con lo que nosotros mismos haríamos si nos encontráramos en su situación. 

Pero esto no es siempre así. Más bien al contrario. Habitualmente nos frustramos al comprobar que el argumento que emplea nuestro oponente se aleja en dirección opuesta al nuestro y, por ende, sus decisiones también. No entendemos que, en esas ocasiones, el espejo nos devuelva una imagen distorsionada e irreconocible de nosotros mismos, como en aquellos espejos de parques de atracciones. 

En esas situaciones, si no podemos evitar el espejo, apaguemos la luz para desconfiar de nosotros mismos, movernos en la penumbra de la incertidumbre y ser felices cual Borges ante el espejo.

Leer 8981 veces Modificado por última vez en Jueves, 26 Febrero 2015 13:24
Ignacio Martinez Mayoral

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Responsable de The Negotiation Club.
Facilitador, formador, mediador.

Sitio Web: www.the-n-club.com
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