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Jueves, 30 Abril 2015 09:51

Cuanto más conozco a Ulysses

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No hay mejor forma de sentir empatía que siendo testigo de las desventuras de un desvalido personaje cuyo destino queda a merced de las circunstancias. Me viene a la memoria un personaje de nombre Ulysses que, como protagonista de una conocida película, deambula indefenso de aquí para allá con total dependencia de su compañero de viaje. En un momento determinado, Ulysses, joven y de buena salud, es abandonado a su suerte junto a otro personaje que parece debatirse entre la vida y la muerte.

Los espectadores, en el momento del abandono, suspiran, sufren y se lamentan por la trágica suerte de Ulysses. Sentimientos que, sin embargo, no se dirigen hacia su desdichado amigo.

Para quienes no hayan reconocido la película de los hermanos Coen, “Inside Llewyn Davis”, Ulysses es ese adorable gatito que acompaña al cantautor folk protagonista humano del film hasta que este último decide abandonarle. Quien lucha por su vida, o ya ha perdido la batalla, es el gran John Goodman que interpreta a Ronald Turner, un músico deslenguado, cínico, alcohólico y drogadicto.

Los espectadores en ese momento cumbre de la película, al menos sirve para ilustrar este texto, se preguntan: ¿va a abandonar a Ulysses? ¿qué va a ser de él? Ante la situación, mucho más desesperada, de Turner, los espectadores se limitan a ser testigos de su mal fario.

Sirva el recurso cinematográfico para reflexionar acerca de la empatía hacia los animales en relación con la empatía hacia los humanos y dar con una respuesta a la cuestión:

¿Es normal sentir más empatía por los animales que por los humanos?

Como relata la prematuramente desparecida Marina Keegan, la movilización espontánea de personas para salvar a un grupo de agonizantes ballenas varadas en la playa o los esfuerzos invertidos para hacer visible el sufrimiento de otras especies, víctimas en muchos casos del abuso del hombre, generan no pocos dilemas y algún polémica que pueden resumirse en la pregunta: ¿no sería más adecuado invertir todos esos recursos para salvar a otras personas en situación de necesidad?

La empatía, tomando prestada la definición de Batson, es una respuesta emocional hacia alguien que está sufriendo (humano o animal) y que induce sentimientos de compasión, simpatía o ternura y, como tal, es inevitable.

Pero, ¿qué hace que en ocasiones, como a los espectadores de la película, el sufrimiento imaginado de un gatito suscite más emociones que el padecimiento probable de un ser humano?

No pocos académicos, interesados en este joven campo de estudio, se han puesto manos a la obra para aclarar el panorama.

Por ejemplo, Arnold Arluke y Jack Levin, investigadores de la Northeastern University, se preguntaron si ante una situación de necesidad los individuos sujetos a estudio manifestaban una mayor empatía dependiendo de si quien sufría la necesidad era un bebé, un adulto, un cachorrito o un perro adulto.

En sus conclusiones, que verán la luz próximamente, sostienen que los sujetos no se compadecían necesariamente más de los perros o de los humanos, sino de quienes eran percibidos como inocentes y vulnerables, independientemente de si caminaban sobre dos o cuatro patas.

Una conclusión similar a la hallada en otra investigación reciente (A Comparison of Empathy for Humans and Empathy for Animals), que sugiere que un animal provoca gran empatía porque, en parte, es percibido como no responsable de haber causado la situación de necesidad en la que se encuentra.

Además este estudio confirma lo comprobado en otras muchas investigaciones: las mujeres tienen mayor capacidad empática que los hombres, en general, y, en particular, hacia los animales. Lo que está en concordancia con la idea generalizada de que los hombres tienen una actitud fundamentalmente instrumental hacia los animales mientras que para las mujeres es más importante el componente afectivo.

Aclarada, al menos en parte, la primera cuestión me surge una segunda: ¿sentir empatía hacia los animales hace sentir más empatía por los humanos?

Pese a la creencia popular de que quienes se muestran compasivos hacia los animales probablemente también tendrán sentimientos similares hacia los seres humanos, Elizabeth S. Paul, referente en este campo de investigación, sugiere que no se puede demostrar una correlación entre la empatía hacia animales y la empatía hacia las personas. Como ejemplo, la investigadora concluye que es difícil afirmar que las personas que han desarrollado empatía hacia los animales durante su infancia generalicen este sentimiento hacia las personas en su vida posterior. La sospecha es que estamos ante procesos psicológicos distintos, con variables como el sexo o la edad que funcionan de modo distinto, por lo que no se podría hablar de la empatía como un constructo simple y unificado.

Esto último podría explicar el porqué de que algunas personas que, en apariencia, se muestran muy empáticas hacia otras personas no se manifiesten de igual modo hacia los animales. O al contrario, dando sentido a la popular frase:  “cuanto más conozco a la gente, más quiero mi perro”.

 

Para saber más:

Angantyr, Malin; Eklund, Jakob; Hansen, Eric M. A Comparison of Empathyfor Humans and Empathyfor Animals. Anthrozoos: A Multidisciplinary Journal of The Interactions of People & Animals, Volume 24, Number 4, December 2011, pp. 369-377(9)

Paul, Elizabeth S. Empathy With Animals And With Humans: Are They Linked? Anthrozoos: A Multidisciplinary Journal of The Interactions of People & Animals, Volume 13, Number 4, 2000, pp. 194-202(9)

Leer 8890 veces Modificado por última vez en Miércoles, 14 Octubre 2015 15:14
Ignacio Martinez Mayoral

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Responsable de The Negotiation Club.
Facilitador, formador, mediador.

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