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Sábado, 13 Junio 2015 08:14

Empatia por el diablo

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Quizás sea usted uno de esos raros especímenes que se identifican más con los antagonistas que con los héroes, que preferiría que de vez en cuando ganara el malo de la película o que considera más atractiva la personalidad de Lex Luthor que la del hombre de acero. Si es así, lo que no es nada raro por otra parte, no hay por qué preocuparse, salvo que sea de esas personas que llevan su admiración por el diablo al límite patológico.

Vivimos en una cultura magnetizada por el lado oscuro de la personalidad y el comportamiento. Nos atraen los personajes siniestros, descendientes de Maquiavelo, capaces de desequilibrar la balanza entre el bien y el mal, a favor de éste último. La industria del entretenimiento, y en particular la cinematográfica, nos ha proporcionado un inmenso arsenal de caracteres que encarnan la crueldad, la villanía y la maldad y que encuentran en el asesino en serie, el psicópata incapaz de empatizar con el sufrimiento de sus víctimas, su prototipo más recurrente.

Pero, ¿qué es lo hace tan atractivo ante los ojos de ciudadanos bienintencionados al asesino en serie, al monstruo de los monstruos?

En palabras de Jeff Lindsay, creador de Dexter, uno de los psicópatas más seguidos de la televisión en los últimos tiempos, la atracción del público por el asesino en serie se asienta en la percepción de que éste podría pasar por ese amable vecino del que ninguno de nosotros sospecharía, pero que esconde en su interior un instinto cruel y sádico. Lo que nos alivia es saber que, pese a nuestra curiosidad, nosotros mismos carecemos de ese instinto y, por muy aficionados al género que seamos, una novela, una película o un videojuegonunca nos inspiraría a cometer atroces actos. Pese a nuestra simpatía por el diablo al final somos conscientes de que la existencia del mal implica lo opuesto. Hannibal no tendría sentido sin Clarice ni el Joker sin Batman. El bien contra el mal, el héroe y su némesis.

Pero ponerse del lado del criminal no es patrimonio exclusivo de la industria del entretenimiento. También los medios comunicación, en el punto en que la frontera entre información y entretenimiento se diluye, ejercen una influencia decisiva en el asunto al poner el foco de atención en el criminal, en el infractor, con una luz más potente que la recibida por la víctima que a duras penas recibe unos hilos tenues en comparación. Y la intensa publicidad hacia quien se sitúa en el lado equivocado genera corrientes de simpatía con consecuencias imprevistas.

Un ejemplo. La influencia de los diarios en la Inglaterra de mediados del siglo XIX, que vivían sus mejores momentos con tiradas que hacían posible que cada ciudadano tuviera acceso a su ejemplar, podía hacer que un reo se librase de su ejecución o caminara directo hacia el patíbulo, muchas veces en consideración a su origen. Cuanto más parecido a los lectores, mayores probabilidades de evitar la suerte final. 

En esa sociedad victoriana, los periódicos más populares y liberales, a diferencia de los dirigidos a las élites, se acogieron con entusiasmo a la causa de la compasión hacia asesinos que debido a sus especiales circunstancias, ignorancia o patologías habían perpetrado  horribles crímenes. Con un seguimiento exhaustivo de los casos con información pormenorizada de los antecedentes, contexto y variables, a la publicidad le seguían peticiones públicas, recogida de firmas y campañas masivas de cartas a la judicatura para lograr que la pena capital se sustituyera por cargas menos dramáticas. Con éxito en un buen número de casos.

O qué decir cuando la continua exposición pública de quienes han cometido crímenes violentos suscita una atracción patológica en personas que manifiestan desórdenes como la hibristofilia, la atracción sexual hacia asesinos con ejemplos clásicos relacionados con Ted Bundy o Charles Manson, o corrientes de simpatía entre adolescentes atraídos por la fama adquirida por criminales, también adolescentes, como los autores de la matanza de Columbine o el terrorista superviviente del ataque al maratón de Boston.

Como decía anteriormente, en todos los casos anteriores y en muchos otros menos dramáticos hay un elemento común: se presta mucha más atención al infractor que a la víctima. Mientras que del infractor se conoce todo, desde las circunstancias familiares en que creció a su compleja personalidad, a la víctima se le aparta de los focos. Se le roba el protagonismo.

Y es precisamente este hecho uno de los muchos problemas a los que se enfrentan quienes han sido víctimas directas o indirectas de un hecho violento y que hacen más difícil su recuperación y curación. En demasiadas ocasiones, el infractor acapara toda la atención de los medios de comunicación que trata el tema de modo sensacionalista o inadecuado, generando una ola de simpatía hacia el ofensor. En no menos ocasiones, la atención a la víctima, e incluyo aquí a su círculo de familiares y amigos, se ve relegada a un papel secundario, molesto, enredado en un complejo, insensible e ineficiente sistema judicial.

Por otro lado, mientras que quien ha cometido un crimen, y paga por ello, permanece en su papel da la impresión de que, a ojos de la opinión pública, todo encaja. Pero si decide dar un giro de 180 grados es probable que reciba pocas muestras de afecto y muchas de incomprensión e indiferencia. Me explico. Pese a que se nos dice que el objetivo final de la justicia es la recuperación del infractor y su rehabilitación como elemento útil para la sociedad, a nivel práctico el sistema judicial está escorado hacia la venganza como respuesta principal del delito. Y en este sistema basado en la venganza no terminan de encajar otras posibilidades que no sean el castigo o el aislamiento hacia el infractor.

Así, cuando alguien que ha vivido en el lado oscuro decide pasarse al opuesto, cuando desea manifestar arrepentimiento y tratar de reparar el daño causado a la víctima, lo más probable es que encuentre incomprensión, desconfianza y desprecio. Curiosamente, es más fácil entender a quien asume su papel de delincuente que a quien opta por salir del estereotipo.

Pero es en esos casos, en que hay una necesidad de reparación hacia la víctima y el infractor muestra arrepentimiento y deseo de restaurar el daño causado, cuando la reconciliación entre el bien y el mal, su némesis, tiene un punto de encuentro.

Es llamativo que la acepción némesis utilizada como sinónimo de antihéroe provenga de Némesis la diosa griega de la venganza y, también, de la justicia retributiva. Y si la justicia retributiva es antagonista al héroe, los poderes de éste último para proporcionar justicia no están basados en el castigo sino en el encuentro dialogado entre los protagonistas, en la recuperación de los lazos, en la atención a las necesidades de las víctimas y, finalmente, en la reparación de los daños, tanto materiales como simbólicos, por parte del infractor.

Y es que nuestro héroe, la Justicia Restaurativa, no persigue la venganza hacia el delincuente. Su único objetivo es la curación de la víctima.

 

Para saber más:

http://www.justiciarestaurativa.org
http://hayderecho.com/2015/03/30/la-justicia-restaurativa-las-victimas-y-la-humanizacion-del-derecho-penal/
Márquez Cárdenas, Álvaro E.. La justicia restaurativa versus la justicia retributiva en el contexto del sistema procesal de tendencia acusatoria. Prolegómenos. Derechos y Valores, vol. X, núm. 20, julio-diciembre, 2007, pp. 201-212
Wiener, Martin J. "Convicted Murderers and the Victorian Press: Condemnation vs. Sympathy." Crimes and Misdemeanours: Deviance and the Law in Historical Perspective, 1 (2007) : 110-125.

Leer 4666 veces Modificado por última vez en Miércoles, 14 Octubre 2015 15:00
Ignacio Martinez Mayoral

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Responsable de The Negotiation Club.
Facilitador, formador, mediador.

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