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Jueves, 25 Junio 2015 12:17

Altruismo por uno mismo

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¿Quién no ha fantaseado con, una vez agotado nuestro tiempo en esta vida, volver a nacer encarnando otra personalidad en un futuro muy lejano? Si su curiosidad le ha animado a pensar en cómo sería su existencia en ese futuro le animo a que conteste a la siguiente pregunta: si pudiera elegir el lugar (pero no las circunstancias socioeconómicas), ¿en qué país le gustaría volver a nacer dentro de 200 años?

En el supuesto de que dentro de 200 años el planeta siga orbitando alrededor del Sol o la especie humana no se haya extinguido, que méritos estamos haciendo, contestar a la provocadora pregunta de la introducción requiere de una dosis considerable de reflexión. Al menos a mi me lo parece.

Dado que no podemos elegir nuestras circunstancias socioeconómicas, nacer en una familia adinerada simplifica la elección, probablemente nuestro objetivo para seleccionar nuestro próximo lugar de nacimiento pasaría por encontrar un sitio suficientemente estable, pacífico, con recursos naturales, sin grandes desigualdades económicas o acceso universal a la educación y a la sanidad, por mencionar sólo algunos criterios. Para la búsqueda de este paraíso le recomiendo dedicarle unas horas a explorar las estadísticas e informes publicados a fecha de hoy y comprobar si, entre las casi dos centenas de naciones que componen nuestro mundo, el edén existe.

Ya le ahorro yo el trabajo y le aconsejo que vaya poniéndose a la cola para solicitar asilo en uno de los países del norte de Europa ya que arrojan los mejores resultados en estabilidad institucional, ausencia de violencia y Desarrollo Humano, un índice propuesto por Naciones Unidas “que mide el rendimiento promedio en las tres dimensiones básicas del desarrollo humano: vida larga y saludable, conocimientos y nivel de vida digno”. En esta lotería de la vida, como rezaba un artículo en The Economist, más vale comprar boletos para nacer en un país escandinavo o mejor en Suiza, que es el territorio en que se augura una vida más plácida, y aburrida, para quien haya nacido en 2013.

Eso si el frío clima del norte no le desanima. Si prefiere unas latitudes más benignas puede inclinarse por otras mediciones y pedir visado, por ejemplo, en Costa Rica que se postula como el país más feliz del mundo, teniendo en cuenta el estado del bienestar, la esperanza de vida y la huella ecológica.

Estas estadísticas, y otras muchas, podrían ayudarnos a tomar una decisión si tuviéramos la seguridad de que se mantendrán o mejorarán en los dos próximos siglos. Pero quien le dice a usted que el espectáculo de los fiordos finlandeses o las paradisiacas playas de Guanacaste no hayan desaparecido por efecto del cambio climático y las buenas perspectivas de vivir en un edén se hayan venido abajo por las consecuencias de desastres naturales provocados, al menos en parte, por el ser humano.

Como sospechamos, dado que el fenómeno del cambio climático es global, elegir un país en concreto como futura residencia es indiferente. Afecta a cualquier territorio del planeta  y su solución pasa por ejercer altos niveles de altruismo hacia las generaciones venideras. De no hacerlo, estamos condenados a avergonzarnos ante la pregunta que en unos siglos recibiremos de nuestros descendientes: ¿por qué no hicieron nada esa gente del siglo XXI para parar esta tragedia cuando aún era posible?

Los desastres naturales, desde huracanes incontrolables a destructivas inundaciones, que se asoman con cada vez mayor periodicidad a las portadas de los medios de comunicación y que asolan geografías y modos de vida con enorme virulencia no pasan de ser lo que Max Bazerman, de la Universidad de Harvard, llama sorpresas predecibles. A pesar de que innumerables informes científicos advierten de las letales consecuencias que conlleva el aumento de temperatura en el planeta, las medidas que tratan de ponerse en marcha para no dejar un planeta arrasado para las siguientes generaciones no parecen ser lo concretas y contundentes que deberían ser.

Como argumenta el citado Bazerman la incapacidad para hacer frente y poner soluciones a estas sorpresas predecibles provienen tanto de barreras cognitivas, de organización y políticas que deben ser abordadas conjuntamente. En referencia al terreno cognitivo, Bazerman expone variadas razones por las que fracasamos al tratar de comprender la magnitud de la amenaza que seguramente le resultarán familiares.

Por ejemplo, muchas personas piensan que el problema o no existe o no es tan grave como para tomar decisiones drásticas o, en todo caso, en el futuro se inventarán tecnologías que solucionen el problema. Esas ilusiones positivas son una excelente excusa para no hacer nada. Además, solemos interpretar las situaciones de una manera egoísta. A todos los niveles. Mientras que cualquier respuesta al cambio climático requeriría un acuerdo y coordinación entre todos, desde naciones a ciudadanos de a pie, el egocentrismo nos lleva a creer que lo justo es que soportemos menos responsabilidad que los demás. Los países se culpan entre sí sobre quien es más culpable y la gente, en general, limita su responsabilidad en el tema al considerar que otros incumplen más. Y, mientras tanto, la casa sin barrer.

Por otro lado, a pesar de que el convencionalismo nos lleva a afirmar que nuestro deseo es dejar este mundo en mejores condiciones que cómo lo encontramos, tendemos a adoptar una perspectiva a corto plazo, pensando, como mucho, en nuestros descendientes inmediatos. Pero cuando se nos plantea invertir en un futuro lejano reduciendo nuestras comodidades “comenzamos a ver a las futuras generaciones como difusos grupos de gente viviendo en tierras distantes”, en palabras de Bazerman.

Esta última razón encaja, de alguna manera, con la controvertida corriente científica que trata de explicar el altruismo en términos genéticos sosteniendo que es más probable la cooperación con quienes tenemos lazos de parentesco que con extraños. Esta controvertida teoría evolucionista, iniciada por William Hamilton, basa sus hallazgos en estudios empíricos a medio camino entre la biología y las matemáticas. No en vano a través de una sencilla ecuación, la regla Hamilton, se podría explicar el altruismo como un medio para expandir nuestros genes.

Pero, teniendo en cuenta que en pocos siglos es muy probable que nuestros genes se hayan diluido, e incluso desaparecido, de tal manera que sería imposible encontrar a un pariente reconocible, las generaciones futuras no pasan de ser esos seres distantes a los que se refería Bazerman. Y en tal caso, ¿estamos dispuestos a renunciar a recursos actuales y reservarlos para generaciones de extraños?

Martin Nowak, uno de los referentes actuales de la teoría de la selección por parentesco, añade una variable más sugiriendo que “incluso si quisiéramos cooperar con el futuro no lo haríamos por miedo a ser explotados por el presente”. En otras palabras, renunciar a recursos actuales nos enfrentaría al llamado dilema de los comunes donde los intereses egoístas a corto plazo son incompatibles con los intereses colectivos a largo plazo. Una minoría egoísta que sobrexplote los recursos puede arruinar los esfuerzos por preservar una cantidad suficiente para el futuro.

La solución se plantea en la investigación de Oliver H. Hauser, en la que contribuye el propio Nowak junto a otros colegas, y que sugiere que es esencial que haya un cierto grado de regulación que impida dejar las cosas expuestas al libre mercado y esperar que todo salga bien.

Para la realización del estudio Cooperation with the Future, Hauser y sus colegas idearon un nuevo paradigma experimental con 2000 individuos que organizados en una serie de grupos sucesivos (generaciones) debían tomar decisiones referentes a extraer recursos hasta su agotamiento, lo que maximizaría su beneficio, o dejar algo para el siguiente grupo. Los resultados sugieren que el  recurso casi siempre se agota si la decisión para extraer se realiza individualmente, dada la influencia de una minoría de individuos (desertores) que extraen mucho más de lo que es sostenible. En contraste, cuando las extracciones se deciden democráticamente a través del voto, el recurso se mantiene consistentemente a lo largo de varias generaciones.

Según los investigadores, el voto es efectivo por dos razones. Primero, permite a una mayoría de cooperadores frenar a los desertores y, en segundo lugar, garantiza a los cooperadores que sus esfuerzos no son en vano. Votar, sin embargo, sólo promueve la sostenibilidad si es vinculante para todos los involucrados.

Así pues, para frenar el cambio climático y la sobreexplotación de recursos no queda otra que fomentar el marco democrático hasta sus últimas consecuencias.

Eso o que los líderes mundiales impongan por decreto la obligación de reencarnarse cada 200 años para asegurarnos que, al menos, la acciones que llevemos a cabo hoy nos beneficien a nosotros mismos mañana.

 

Para saber más:
Bazerman, M. H. (2006). "Climate Change as a Predictable Surprise." Climatic Change, (Online), 1-15.
Oliver P. Hauser, David G. Rand, Alexander Peysakhovich & Martin A. Nowak (2014). Cooperating with the future. Nature 511, 220–223 (10 July 2014)

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Ignacio Martinez Mayoral

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Responsable de The Negotiation Club.
Facilitador, formador, mediador.

Sitio Web: www.the-n-club.com
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